• miércoles 22 de septiembre del 2021
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30 de agosto: un día para ejercitar la memoria

Algunas reflexiones en torno al Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas.

Por Agustina Álvarez Di Mauro (*) y Santiago Amilcar Travaglio (**).

"El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia; pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que pueda ocultar la basura de la memoria".

"La desmemoria/2" en El libro de los abrazos - Eduardo Galeano.

El “Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas” fue fijado por la ONU a fines del 2010. En este día especial queremos entregarles algunas reflexiones que, sin desligarse del pasado, nos alientan a repensar de lo que sentimos para mirar al futuro.

El artículo 2 de la “Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas Contra las Desapariciones Forzadas” nos dice que la desaparición forzada es “el arresto, la detención, el secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúan con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona desaparecida, sustrayéndola a la protección de la ley”.

Parece sencillo leer esta definición e insertarla en aquello que vivimos durante 7 años contados desde 1976. En nuestro país se montó una maquinaria criminal que, entre sus herramientas para performatizar a la población, priorizó la desaparición forzada de muchísimas personas (que hoy seguimos buscando). 30 mil para ser más específicxs.

Si la definición jurídica de la desaparición forzada nos parece compleja, larga o incluso fría, podríamos acercarnos a las palabras de Nora Cortiñas: “no me entra en la cabeza que pasaron 38 años y que no podemos saber qué paso con nuestros hijos, con nuestras hijas. Este sistema diabólico que es la desaparición de personas, que es el crimen de crímenes, que es cuando a una persona se la priva de todos sus derechos absolutamente, cuando se priva a toda una familia, y a todo un pueblo de saber que ha pasado con una persona”.

A la nena la encontré, a ellos los sigo buscando”, nos dijo hace unos meses Elsa Pavón, una madre que sigue buscando a su hija desaparecida 32 años después de su secuestro en 1978. En esa charla escuchamos a Elsa conmovida, más consciente que nunca de lo que debía transmitirnos: el grupo de mujeres que salió a las calles buscaba justicia, verdad y memoria, no venganza ni victoria; querían tener en brazos a sus hijxs, nietxs y que la ciudadanía no olvidara jamás lo que vivieron.

Quizá muchxs de lxs lectorxs, como nosotrxs, formen parte de una generación que no vivió en un país gobernando por el terror, de manera sistemática y desde el aparato estatal. Podríamos preguntarnos, entonces ¿Qué sentirá Elsa desde aquel mayo de 1978? Jamás lo sabremos, pero, en cierta medida, creemos que nosotrxs también somos Elsa.

Lo que le pasó a ella, a su familia, es algo que nos pasó a todxs nosotrxs como pueblo, a nuestra identidad. Reconocernos como destinatarixs del último genocidio es indispensable para pisar fuerte sobre nuestras tierras y acordarnos por qué hacemos memoria. Aún más, creemos que se trata de la condición de posibilidad y herramienta de no retorno para la reconstrucción de nuestra (indudablemente) joven democracia.

Ojo, a no confundirnos: que “víctimas” seamos todxs no nos dirige a un proceso de victimización social ni mucho menos, más bien pretende tomar una visión comunitaria de los hechos, cristalizando los lazos sociales y desechando el “ellxs” y “nosotrxs”.

Todo proceso genocida, tal como alguna vez explicó Raphael Lemkin, tiene dos momentos ineludibles para su consolidación: la destrucción de la identidad nacional y la posterior imposición de la identidad del opresor. Si esto es así, entonces, se trata de una práctica que busca, como destino final, actuar sobre toda la población, directa o indirectamente sobre la materialidad de lxs cuerpxs.

Las Fuerzas Armadas se encargaron rápidamente de construir y trabajar sobre un discurso de la otredad que se instaló rápidamente en una sociedad rota, la cual continuaría resquebrajándose por no terminar de asimilar que la desaparición forzada, la tortura y la muerte en manos de un sistema clandestino montado desde el Estado, no solo tenía en miras a “lxs subversivxs”.

Aquí caen como anillo al dedo las reflexiones sobre los genocidios en clave sociológica: en nuestras tierras, los procesos sociales genocidas trascendieron lo material para actuar sobre todxs nosotrxs, instaurando cierto modo de representar aquello que sufrimos. Como dijo la autora Valeria Thus, el genocidio “no es algo que les sucedió a otros en un pasado (...) sino que nos sigue sucediendo”.

Con esto en mente, el genocidio (para consolidarse) necesita construir una forma de recordar (o bien borrar) los hechos pasados. En palabras de Daniel Feierstein, el objetivo será lograr que la sociedad construya una representación del genocidio en la cual el lazo social aniquilado no tenga presencia alguna. En este momento, encontraremos el protagonismo indudable de lo que se conoce actualmente como “discursos negacionistas”. Negar esos cuerpxs, negar esas historias, relativizar lo que vivimos, nos lleva a amigarnos con los objetivos que buscamos desterrar.

Cabe preguntarse: ¿no vamos a discutir qué hacer con los discursos que niegan las desapariciones forzadas? ¿Podemos hacerlo? ¿Debemos? Tres décadas más tarde nos encontramos debatiendo números, que lejos de ser postulados intrascendentes profundizan la consolidación de los procesos sociales que intentamos dejar atrás.

No es fácil ingresar al terreno en donde se ubican los discursos negacionistas. Pero tampoco es imposible. Sabemos que no hay respuestas únicas: hace muchísimos años los distintos feminismos nos enseñan que aquello que representan los discursos hegemónicos puede flaquear rápidamente a través de una constante tarea de reflexión colectiva, en una mesa de debate abierta a todxs y sin finales previsibles.

No se trata de obtener la “verdad” sino construir verdades, empoderando a quienes más han sufrido las violencias y, desde allí, construyendo estrategias que, sin temor alguno, inscriban nuestras convicciones con la necesidad de ser mejores sociedades.

Hoy recordamos a lxs 30.000 detenidxs-desaparecidxs porque nuestra memoria y su ejercicio constante e imparable es la forma de mantenerlxs con nosotrxs. Seguimos en ese eterno objetivo de lograr que nunca más se vuelva a producir una ruptura social de aquella magnitud. Sigamos fortaleciendo la memoria, símbolo invaluable del pueblo argentino.

 

                                       

(*) Agustina Álvarez Di Mauro es estudiante de Abogacía y Becaria del Centro del Centro de Ejecución Penal en la Universidad de Buenos Aires (UBA).

(**) Santiago Amilcar Travaglio es estudiante de Abogacía en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Escribiente del Ministerio Público de la Defensa de la Nación.

 

 

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