• martes 26 de enero del 2021
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Dorrego 192 años después: política y fusilamiento de un caudillo

Por Pablo Castelli (*)

 

Me tomo la libertad de prevenirle, que es conveniente recoja usted un acta del consejo verbal que debe haber precedido a la fusilación. Un instrumento de esta clase redactado con destreza, será un documento histórico muy importante para su vida póstuma1.

Con esas palabras, el futuro vicepresidente de la Confederación Argentina y posterior presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación -propuesto al cargo por Bartolomé Mitre-, Salvador María del Carril, le recomendaba a Juan Galo de Lavalle que simulara un juicio sumario para dar cierta cobertura legal al homicidio en ciernes.

El 13 diciembre de 1828, rechazando la propuesta del futuro Supremo, Lavalle asumía la responsabilidad del fusilamiento de Dorrego y ordenaba la ejecución de una condena que había comenzado a escribirse un año y medio antes.

Manuel Dorrego asumió la gobernación de la provincia de Buenos Aires a mediados de 1827, tras la renuncia de un Rivadavia envuelto en el desprestigio con que la negociación de paz con Brasil había llevado a su fin a “la feliz experiencia”.

Tildado de problemático, amante del populacho, degradado del ejército y expulsado de su patria, el ferviente admirador del federalismo norteamericano -el cual había observado de primera mano durante su exilio en Baltimore- tuvo que hacer frente a las consecuencias de muchas políticas impulsadas en el período previo2.

Entre las más destacables, pueden mencionarse la guerra con Brasil, la concentración de la tierra, la deuda externa, el nivel de los precios internos, la modificación del sistema de levas.

Frente a las distintas opciones que se le presentaban para afrontar esos conflictos, Dorrego escogió las que consideró más acordes a ese ideal de país que se había formado a lo largo de los años. Un ideal que tenía en cuenta la composición social tan diversa que existía en las tierras que le tocaba gobernar por segunda vez.

Quizás, como han señalado diversos autores, pecó de ingenuo en términos políticos ante la falta de escrúpulos de quienes conformaban su oposición, pero difícilmente pueda decirse que haya errado en la identificación de cuáles eran los problemas que aquejaban a su base de sustentación.

Frente al fracaso y la desaparición de las autoridades nacionales, impulsó una serie de acuerdos interprovinciales tendientes a reforzar las relaciones necesarias que dieran sustento a la tan ansiada conformación de un estado federal.

En sus puntos en común, los tratados concertaban la paz y la amistad entre las provincias firmantes, determinaban la reunión de una Convención Nacional que sentara las bases para el congreso constituyente, delegaban la representación exterior en el gobernador de la provincia de Buenos Aires y comprometían esfuerzos para la continuidad de la guerra con el Brasil3.

Al problema de los elevados costos a nivel interno, le opuso la limitación de precios a ciertos productos de consumo popular, como así también la prohibición de monopolios en los productos de consumo primario.

El desequilibrio financiero fue atacado mediante la suspensión del pago de la deuda y la prohibición de emisión de papel moneda, junto a un control oficial sobre el Banco Nacional, que a la sazón resultaba ser el mayor acreedor de la deuda pública.

La modificación llevada a cabo por Rivadavia en cuanto al sistema de levas, que pretendía una profesionalización del ejército mediante un reclutamiento forzoso que desconocía las tradiciones de campaña y el factor cohesionante que las milicias tenían a nivel vecinal, fue anulado y se dispuso la restitución del sistema previo4.

Finalmente, su deseo de continuar la guerra para lograr la recuperación de la Banda Oriental, no contó con el apoyo material necesario. El rechazo de financiamiento por parte de la Junta de Representantes, que no representaba otra cosa que los intereses del grupo de “propietarios”, implicaba en los hechos el triunfo de una concepción del federalismo que solo veía en ese sistema la posibilidad de desligarse de la pesada carga que las provincias resultaban para Buenos Aires.

De poco valía en este punto el grupo de caudillos gobernadores y el bajo pueblo de la ciudad y la campaña en los cuales reposaba el poder político de Dorrego. Para las clases altas porteñas seguía siendo el mismo peligroso demagogo que en 1815.5

Entonces, como bien había previsto Agüero, Dorrego se vería obligado a “hacer la paz con Brasil con el deshonor con que nosotros no hemos querido hacerla, o tendrá que hacerla de acuerdo con las instrucciones que le dimos a García, haciendo intervenir el apoyo de Canning y de Ponsomby. La Casa Baring lo ayudará pero sea lo que sea, hecha la paz, el ejército volverá, y entonces veremos si hemos sido vencidos6.

El fusilamiento del 13 de diciembre de 1828, que tan a menudo se nos presenta como uno de los puntos iniciales del conflicto político ideológico que atraviesa a nuestra sociedad hasta la actualidad, no es más que la consecuencia de una disputa por el modo de organización del poder, que podemos rastrear hasta el inicio mismo de nuestro estado-nación.

Los motivos por los que era necesario cortar la cabeza de esa hidra, eran como vemos muy vastos. La guerra con el Brasil no fue más que el mascarón de proa tras el cual se protegían subrepticiamente otros planteos de fondo. Ya que, como también sostuviera Salvador María del Carril en sus célebres misivas, “si para llegar siendo digno de un alma noble es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla, y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos…7

 

(*) Abogado UNLP, docente de Historia Constitucional Argentina en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de esa universidad. 

1Carta de Salvador María del Carril a Juan Galo de Lavalle de fecha 15 de diciembre de 1828.

2 Rosa, José María “Historia Argentina” T. IV “Unitarios y federales”, p. 88 y ss.

3Lorenzo, Celso Ramón “Manual de historia constitucional argentina” T. 2, p. 111.

4  “Fradkin, Raúl “¡Fusilaron a Dorrego!”, p. 96 y ss.

5 Carta de Tomás de Anchorena a Juan Manuel de Rosas.

6 Carta de Julián Segundo de Agüero a Vicente López y Planes.

7 Carta de Salvador María del Carril a Juan Galo de Lavalle de fecha 20 de diciembre de 1828.

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