• miércoles 03 de junio del 2020
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Día del Docente Universitario

Hoy se celebra el dìa del docente universitario como reconocimiento de la labor educativa llevada adelante por profesores y profesoras de las instituciones de estudios superiores en Argentina. La tradicional fecha esta vez se ve atravesada por la pandemia del COVID-19, lo que hace que la tarea se haya tornado un tanto novedosa y distinta. Como dice Marjane Satrapi, autora de “Persépolis”: “La educación es un arma de construcción masiva”.

Podemos decir que la universidad tiene ese no sé qué. Asumo el riesgo de afirmar que cualquier persona que transite por una universidad no saldrá, aunque se esfuerce, siendo la misma que ingresó en ella. La universidad, con su carácter de no obligatoria, en principio coloca al sujeto estudiante en un plano de libertad, en la búsqueda de un deseo -algunos llaman sueño incluso- propio, diferente a lo que ocurre en instituciones de educación inferior.

Una de las funciones de la universidad tiene que ver con la reproducción -y creación- de conocimiento. El conocimiento contiene, implícita o explícitamente, ideas. Conocer es saber. Saber es poder. El docente entonces es quien tiene ese poder, que puede canalizarlo de la mejor manera: estimulando el pensamiento crítico, abriendo paso a la curiosidad y ayudando a construir argumentos sólidos para generar un auténtico pensamiento propio. Claro que esa tarea requiere de un mayor esfuerzo.

La tarea del docente ya entonces no es tan sencilla; no es solo depositar conocimientos en cerebros pasajeros. Ya lo decía el pedagogo brasileño Paulo Freire; “Enseñar no es transferir conocimiento sino crear las posibilidades para su propia producciòn o construcción”. Enseñar es un proceso dialéctico; si hay enseñanza entonces habrá aprendizaje -pese a que no coincida el objeto de lo aprendido-. A la vez, los sujetos de esta relación, vivencian ambos procesos. Es decir: el docente aprende cuando enseña, porque el estudiante también le enseña.

Nunca mejor que recordar la historia que nos relata Jacques Rancière; Jacotot era un maestro progresista quien creía que la tarea del maestro era transmitir sus conocimientos a sus alumnos y de ese modo adquirieran su ciencia. Sabía que lo importante era explicar, no hacerlos como comúnmente se dice “repetir como loros”. Por cuestiones personales debió mudarse a un sitio donde, pese a intentar seguir enseñando, sus estudiantes hablaban otra lengua. Sin un lenguaje en común era imposible generar algún tipo de explicación; no había canal de comunicación posible. Lo que hizo entonces fue recurrir a un diccionario bilingüe con las lenguas que los diferenciaban, pidiendo a sus estudiantes que lo aprendieran de memoria. Jacotot se sorprendió cuando después de un tiempo descubrió que sus alumnos habían aprendido el idioma -hablado y escrito- que pretendía que aprendiesen, sin necesidad alguna de sus explicaciones.

Es aquí cuando Rancière, en base a la experiencia del maestro francés postula que es posible enseñar lo que se ignora. Comprende así que tales explicaciones solo enseñan lo que no se puede aprender sin ellas; enseñan la propia incapacidad. Y concluye con algo no menor; dirá que la pedagogía es el arte de reproducir aquello que pretende suprimir. En definitiva explicar algo es demostrarle al otro que no puede entenderlo por sí mismo.

Pink Floyd lo plasmó en una de sus tantas famosas letras: “Hey, teacher, leave the kids alone”, lo que en español adquiere el sentido de que finalmente los niños, en este caso los estudiantes, puedan desprenderse del maestro. Y si es que el docente educa para la libertad, y no para la opresión, como bien también lo expuso el pedagogo brasilero mencionado, permitiría así que el docente pueda -y quiera, o no le moleste- ser superado por quien él mismo ha considerado educar.

El docente tampoco puede ser ajeno al contexto. Sabe bien que la Universidad en nuestro país es irrestricta, pública y gratuita. Esa gratuidad bien otorgada en el año 1949 por Decreto 29337 vino a quitar todo tipo de arancel universitario en todo el territorio de la Nación Argentina. Cierto es que el acceso a la universidad no se asegura sólo con no cobrar un arancel, y el docente claro, no es ajeno a ello. Sabe muy bien que para llegar hay que trasladarse, que para leer hay que imprimir, y que básicamente para llevar a cabo cualquier tipo de sinapsis neuronal, hay que comer.

Tal como lo señala Boaventura de Sousa Santos, la universidad es un bien público íntimamente ligado al proyecto de nación. La viabilidad del proyecto estará dada en parte por la capacidad de negociación que tengan los gobiernos sin transformarse en un acto de rendición. Y si hablamos de rendirnos, estaremos entonces en el plano de la colonización, la cual hay que desmadejar para asi instalar prácticas liberadoras.

Para cerrar el ejemplo y no caer en discusiones sobre meritocracias y elites falsamente progresistas me limito a decir que la educación entonces puede ser generadora de condiciones de igualdad, aunque tal como lo expone el sociólogo Francois Dubet, existe una especie de “democracia segregativa” diciendo que el rendimiento de los estudiantes, desde tempranas edades, depende en gran parte también de los recursos culturales de los padres para que esa igualdad de oportunidades no se torne una ficción.

Entrando en lo que tiene que ver con la docencia universitaria del derecho la cosa se vuelve más desafiante. Aunque todavía discutamos si es o no es ciencia, lo cierto es que exige enseñar pensando en los contextos. Claro que podremos repetir leyes con idénticos powerpoints año trás año, y de ahí darle la razón a aquellos estudiantes de primer año que creen que se pasarán cinco años de sus vidas estudiando únicamente legislación. Duncan Kennedy, miembro del grupo de Estudios Críticos del Derecho, sostiene que la enseñanza del derecho es una acción política, y que nosotros -sí, nosotros - podemos crear una nueva clase de grupo académico: un grupo que afirme el pensamiento creativo en vez de reprimirlo y que subvierta la jerarquía académica en lugar de someterse a ella o reproducirla.

En tiempos pandémicos la tarea educativa se ha tornado un poco más compleja; sobretodo para quienes disfrutamos por demás poner el cuerpo de forma presente en las aulas. El conocido filósofo alemán Martin Heidegger acuño un término conocido como “Dasein”. Literalmente das-sein significa “ser ahí”. Un ser en el mundo, un ser en algún lado. El humano está siendo en el contexto; no se encuentra ya aislado e impersonalizado, sino que comparte con una determinada otredad en un determinado entorno. Los y las docentes somos en un contexto: las aulas. Somos ahí; en nuestro espacio y nuestro tiempo. Somos ahí, llenándonos las manos de marcador o tiza, gritando cuando pasamos lista o escuchando atentamente lo que ellos y ellas piensan.

Ojalá que el aislamiento, además de detener el virus, nos llame a reflexionar, así como lo hizo también Jacotot, acerca de qué entendemos por educar. Educar también es escuchar, contener y entender las diferencias. Educar es poder mirar más allá de lo estandarizado e institucionalmente esperado; es poder despertar curiosidades y dejar más dudas que certezas.

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